EL ARREPENTIMIENTO DE UN ASESINO DE TOROS, HOY CONCEJAL EN SILLA DE RUEDAS

HOY AFIRMA QUE UN TORO "LE DEVOLVIÓ" QUE ÉL LE HACÍA A LOS ANIMALES

HOY AFIRMA QUE UN TORO “LE DEVOLVIÓ” LO QUE ÉL LE HACÍA A LOS ANIMALES

En la plaza de toros cientos de personas  gritan “ole, ole, ole”. En acción está Álvaro Múnera, un joven torero colombiano de 18 años que había matado más de 22 toros en tan solo un mes que llevaba en España.

Para Álvaro, ésta de Albacete de 1983 era una corrida más, hasta que horas antes vio al toro con el que se enfrentaría. “No sé por qué fui a ver el toro de la corrida, (nunca lo hacía), pero desde que lo vi, supe que algo malo pasaría”.

El toro no lo dejó de mirar desde que entró al corral, no le quitaba la mirada de encima, lo seguía con sus grandes ojos, es como si supiera que Álvaro sería su asesino. El torero se intimidó y comentó: “El toro con el lucero en la frente no me gusta, que no me vaya a tocar torearlo”. Pero no fue así.

Álvaro nunca había tenido un toro tan agresivo. “El animal estaba lleno de rabia, era una mirada de venganza, sin duda, y yo estaba muy asustado porque sentí que ese animal estaba reclamando por la vida de los otros toros que yo había matado”.

Minutos antes de que “El Pilarico” – como era conocido Álvaro en el gremio taurino – caminara elegante e imponente para clavarle el espadazo, el animal sacó un último esfuerzo y lo corneó en su pierna izquierda, lo levantó más de tres veces. Esa fue la última vez que Álvaro caminó.

La plaza se silenció, no hubo más gritos de “olé”, en vez de eso “Yiyo”, otro torero gritó: “Es grave, es grave, está sangrando por la boca”.

Álvaro estaba tendido en el suelo, con dificultad lograron quitarle el toro de encima. “El Pilarico” sintió una corriente fría que le desconectó todo el cuerpo, “tenía los ojos abiertos, pero solamente podía escuchar, de resto no podía mover ni una sola parte de mi cuerpo porque no lo sentía. Pensé que estaba muerto”, dijo a KienyKe.com.

Hace una pausa de dos minutos para tocar sus piernas, las acomoda en su silla de ruedas, toma un poco de jugo y añade: “En ese momento el médico que estaba allí dijo –’el chaval se desnucó, no sobrevive, si quieren lo llevan a un hospital, pero en el camino se les muere’. Yo escuchaba todo, era muy doloroso porque pensaba que había muerto, no sabía cómo hacer para que entendieran que seguía con vida, al rato perdí la vista, la conciencia y no supe más, pero hubo algo que me salvó y fue que estaba en buen estado físico, entonces empecé a respirar con el diafragma”.

EN SILLA DE RUEDAS HOY ES DEFENSOR DE LOS ANIMALES

EN SILLA DE RUEDAS HOY ES DEFENSOR DE LOS ANIMALES

EN SILLA DE RUEDAS

Más de la mitad de su vida la ha pasado en silla de ruedas. ¿Qué fue lo que le comprometió el toro con la embestida para que no pueda volver a caminar? Es una de las preguntas. Junta las manos, mira hacia un punto fijo y dice que aún tiene en su mente la imagen de la cornada que le dio el toro.

“El toro me partió la quinta vértebra cervical y me dejó una lección medular completa con trauma craneoencefálico, no hubo esperanza alguna de volver a caminar. Después de que me trasladaron a un hospital especial para parapléjicos, el médico, diez días después del accidente entra a mí habitación y me dice: –”Prepárese para vivir toda su vida en una silla de ruedas, usted no va a volver a caminar”, esas palabras en el momento me dieron mucha rabia, pero con el tiempo entendí que era lo mejor para no tener ninguna ilusión”, sostiene.

Resignado a pasar el resto de su vida en una silla de ruedas, se fue para Estados Unidos a recibir atención de primera para las personas con limitaciones, algo que él define como “el paraíso para los discapacitados en el mundo”.

“Recibí dos operaciones de entrada para la columna y a la semana ya estaba en rehabilitación. Después de cinco meses ya sabía bañarme, manejar carro, andar solo en la silla de ruedas, levantarme y lo mejor de todo era que en Estados Unidos nadie me conocía porque no es un país taurino”, sin embargo, cuando a “El Piralico” le preguntaban por qué estaba en silla de ruedas y contaba su historia, era tildado de asesino en serie.

“Psicópata, asesino en serie, violador, criminal, de todo me decían cuando yo contaba por qué estaba en silla de ruedas y hubo dos casos que me marcaron y me llevaron a la reflexión para aceptar que el equivocado era yo: el primero ocurrió cuando salía con una de las profes de mis clases de inglés, teníamos una muy buena relación hasta que se enteró que había sido torero y nunca más me volvió a hablar. Luego fui a una reunión familiar con una compañera del hospital y cuando ella me presentó frente a todos, una de las tías me dijo –’me alegro mucho que usted esté en esa silla de ruedas, ojalá nunca se pare de ahí, porque usted es un bárbaro cruel, asesino que no tiene corazón’, la miraba fijamente y sabía que ella tenía razón”, afirma Álvaro.

DESDE NIÑO APRENDIÓ A MATAR

Para Álvaro, que había nacido en Medellín, una de las ciudades más taurinas de Colombia, era difícil entender por qué  lo llamaban asesino  y más cuando desde antes de aprender a leer y escribir, había aprendido a torear.

“Desde los cuatro años ver corridas de toros era para mí el pan de cada día, acompañaba a mi papá (un arquitecto que fue un torero frustrado) a todas las ferias y a la edad 12 años toreé a mi primer novillo en un restaurante en México, desde ese momento dije ‘voy a ser torero’  y  por supuesto mi familia me apoyó”.

EN AGONÍA, EL ANIMAL SINTIENTE IMPLORA CLEMENCIA

EN AGONÍA, EL ANIMAL SINTIENTE IMPLORA CLEMENCIA.  A CAMBIO LO REMATAN

Su carrera creció rápidamente porque antes en la década de los ochentas, ser torero era sinónimo de elegancia, prestigio y poco o nada se sabía de los animalistas.

“Antes la Feria Taurina era todo un evento de ciudad, la plaza se llenaba todas las tardes, daban doce corridas, eran seis fines de semana seguidos y no había movimientos antitaurinos, de pronto alguien si se lo planteaba pero nunca que yo recuerde hubo una protesta o que me gritaran asesino como en Estados Unidos, por eso a mí no me parecía mal, antes la gente me aplaudía, me pedían autógrafos y me tenían respeto”.

Se acomoda nuevamente en su silla de ruedas, pues uno de los traumas que le dejó la lesión medular son los constantes movimientos involuntarios con su cuerpo. Hace una pequeña pausa y dice, “a mí la vida en dos ocasiones me mostró que yo era un asesino, pero yo no hice caso”.

La primera vez fue en un evento en el municipio de Fredonia, Antioquia, cuando Álvaro a la edad de 13 años, mató su primera vaquilla. “Esto fue un momento muy crítico en mi vida me sacudió muy duro y quise dejar de ser torero. Cuando pasé por el destazadero, que es en donde descuartizan los toros que uno mata para llevarlos a la carnicería, coincidió que estaban picando la vaquilla que yo maté y vi como del vientre de la vaca sacaban un feto y pensé: “maté a dos”.

Me derrumbé, me desmayé y cuando me levanté, vomité y dije; ‘no más hasta aquí llegué’, pero las personas me hacían ver que eso estaba bien, que yo era muy bueno y que no podía renunciar y seguí mi carrera de asesino”.

PIDE PERDÓN

Álvaro tiene 50 años y habla de ese momento como si hubiera sido ayer, cada instante lo recuerda muy bien en su mente y aunque parezca irónico, hay dos cosas que lo ayudaron a no entrar en una depresión: “Primero, que no quedé así (en silla de ruedas) porque un borracho me atropelló o que por robarme algo me pegaron un tiro en la columna, no, yo estoy en silla de ruedas porque yo me lo busqué, porque yo había escogido una profesión peligrosa, que encima maltrataba y torturaba animales, entonces yo de qué me iba a quejar si me lo tengo merecido y nunca hice caso a los momentos de angustia en los que me provocaba dejar de ser torero”, dice.

Habla de otro momento que lo marcó para siempre. “Me regalaron un toro para que entrenara a puerta cerrada, pero esta vez el toro se aferró a la vida y se negaba a morir. Le pegué el primer espadazo y no se moría, el segundo y tampoco, el tercero y nada, no se me olvida el toro mirándome fijamente, con varios órganos afuera, como diciéndome ‘ya no más’, eso fue espantoso, y aun así lo maté; porque mi sueño era ir a España”.

ESTA SALVAJADA ES LO QUE ALGUNOS LLAMAN "FIESTA BRAVA"

ESTA SALVAJADA ES LO QUE ALGUNOS LLAMAN “FIESTA BRAVA”

“Cuando regresé a Colombia sabía que era culpable, me arrepentí, pedí perdón, pero sentía que eso no era suficiente, entonces pensé en hacer algo más para reparar tanto daño que había hecho. Con unos amigos monté un centro para discapacitados gratuito, en donde ellos llegaban a hacer terapia. Allí surgió la idea de que fuera concejal, me decían que era muy buen líder. Me lancé y gané”, recuerda Álvaro.

CONCEJAL DE MEDELLÍN

“Estuve dos periodos como concejal de los discapacitados y por supuesto me preparé muy bien y me asesoré de muchas amigos abogados que tengo y creé seis proyectos que hoy tiene la ciudad para esta población. Luego me metí como defensor de los animales y elaboré el proyecto del centro de bienestar la Perla, el cual desarrollé juntó a la asistente de otro concejal”, afirma.

En Medellín desde el regreso de Álvaro Múnera, los animales han podido entrar en la ley, y es que desde que el extorero se convirtió en concejal, eliminó las famosas marranadas, evento en el cual los marranos eran sacrificados en las calles de Medellín, creó el centro de bienestar animal La Perla, que acoge a los animales callejeros y les brinda un hogar de paso, prohibió las corridas de toros en la ciudad y como si fuera poco, fue el responsable de quitar la cabalgata tradicional de la Feria de Flores, hechos por los que se ha ganado varios enemigos.

Paradójicamente, los que antes eran sus amigos, ahora lo llaman “bandido extorsionista” y hasta lo han amenazado de muerte. “Soy el enemigo número uno de los taurinos y de los caballistas, primero dialogaba con ellos y trataba de llegar a acuerdos para que ambos estuviéramos bien, pero me empezaron a insultar, a amenazar y entonces ahora no nos queremos ni poquito”.

Hoy junto a su esposa, hijos y mascotas,  Álvaro define como “un milagro”, su experiencia al quedar en silla de ruedas, pues por esto, según él, es “la persona más feliz del mundo”, ya que ahora puede defender a los animales con sus leyes y con su estilo de vida porque también es vegetariano y ha rechazado tres homenajes en España, Medellín y Bogotá que se querían realizar a su nombre.

Álvaro está a paz y salvo con los toros. “Me hicieron lo que yo a ellos, el torero lo que hace es enterrar el espadazo en la médula para que el animal no se pueda mover y muera, justo lo que me hizo el toro,  así que entendí que al igual que a mí, a ellos tampoco le gusta”.

(Por Yuliana Zuleta)

———