INCREÍBLE : UN ZAPATOCA HA “RESUCITADO” DOS VECES HALLÁNDOSE YA DENTRO DEL ATAÚD

DOS VECES “HA ESTADO MUERTO” Y HOY SE SIENTE COMO SI NADA HUBIERA PASADO

Por Héctor Gómez Kabariq

Cuando uno lo ve caminando muy tranquilo por las calles de Zapatoca, no imagina la increíble historia que se esconde detrás de su pasmosa calma y de sus constantes y sonoras carcajadas. Y tras conocer su pasado clínico, se le hace a uno imposible verlo alzando bultos de 60 kilos como si se tratara de bolsas de un par de libras.

Se trata de Carlos Moya Plata, un alegre campesino zapatoca a quien han dado por muerto dos veces, lo han velado, lo han ido a enterrar y ha resucitado yendo rumbo al cementerio.

Hoy, a sus 56 años, permanece en el parque del pueblo hablando con sus amigos a la espera de algún oficio pasajero como el de “ayudar a trabajar” o a descargar camiones que traen desde Bucaramanga materiales de construcción para la ferretería Alipra. Terminada la jornada, regresa a su casa en la zona urbana del pueblo a compartir con su esposa y con su único hijo de solo 4 años.

SU HISTORIA

“Muerto parado”, como cariñosamente lo llaman sus amigos, nació en la vereda Piedras Blancas a una hora de Zapatoca. Solo pudo ir a la escuela un año para aprender a leer y escribir pero eso le ha bastado “para defenderse en la vida”, como él dice.

Fueron 24 los hijos de don Benjamín Moya y doña Delia Plata, de los cuales ya han fallecido 13. Pero fallecido de verdad.  Carlos, intermedio entre esos 24 hermanos, ya ha fallecido dos veces pero “de mentiras”.

Cuenta su insólita historia con absoluta tranquilidad, como si estuviese recordando las épocas en que ayudaba a su papá Benjamín a labrar la tierra o “a criar los animales”.

Cuando mi amigo Ricardo Núñez accidentalmente me habló de él, (estábamos conversando sobre espantos), nos fuimos a buscarlo a su lugar favorito : una banca del parque principal de Zapatoca. Allí estaba.

LA CATALEPSIA

Etimológicamente, el término catalepsia proviene de la conjugación de las palabras catapulta y narcolepsia, que en el idioma griego significa “casi muerto”.

EN MITAD DEL PARQUE A LA ESPERA DE QUE APAREZCA “EL CAMIÓN DE ALIPRA”

Dicen los textos de medicina que se trata de un estado biológico también conocido como “muerte aparente”, que presenta todas las características de un deceso pero que no lo es. Los síntomas pueden ser rigidez corporal, el sujeto no responde a estímulos, la respiración y el pulso se vuelven muy lentos y la piel se pone pálida.

Más de una vez han enterrado con vida a personas que no habían fallecido, al pensar que estaban muertas justamente porque presentaban estos síntomas.

PRIMER ATAQUE

Carlos Moya Plata tenía apenas 8 años de edad cuando sufrió el primer ataque de catalepsia. Pero nadie en Zapatoca sabía qué era eso ni mucho menos que él la padeciera.

El entonces niño llevaba ya 24 horas siendo velado en la sala de su casa cuando sorpresivamente “resucitó” y empezó a golpear su caja mortuoria.

En ese instante, media noche, el féretro solo estaba acompañado por su tía Isabel Moya, de 90 años de edad. Cuando ella vio “el milagro” de la resurrección, sufrió un infarto y murió de inmediato. Al día siguiente Carlos asistió a su sepelio.

“Era que a esa edad ya la tumba la estaba llamando”, me dice Carlos y suelta una estruendosa carcajada.

CASI SE MUERE EL CURA

El segundo episodio lo vivió hace unos 20 años. (A veces su frágil memoria no le permite precisar las fechas).

En aquel entonces su velación ya cumplía 48 horas en una casa funeraria del pueblo. La gente esperó ese tiempo “a ver si volvía a resucitar”. Ya sabían lo que Carlos sufría. Cuando definitivamente lo dieron por muerto, el párroco Cubides, (un sacerdote proveniente del corregimiento de La Fuente), ordenó el inicio del cortejo fúnebre, colocándose él a la cabeza del desfile, megáfono en mano para ir entonando las oraciones y los cánticos de rigor. El cura era cojo y se ayudaba con un bastón.

Cuando a hombros llevaban el ataúd por la calle de La Batea, hallándose a dos cuadras del cementerio, Carlos “resucitó” y empezó a golpear el cajón. Alguien lo destapó pero todos salieron corriendo despavoridos dejando al “muerto” en mitad de la calle.

Minutos después, el propio Carlos se presentó en la parroquia para entregarle al cura un zapato, el bastón y el megáfono, (el chismógrafo lo llama él).  El padre Cubides, asustado, al salir corriendo los había dejado en La Batea. “El cura cuando me vio casi que pela (muere) también”, relata Carlos a carcajadas.

AL FONDO, LA PARROQUIA DE SAN JOAQUÍN EN ZAPATOCA, DONDE LE HAN OFICIADO DOS VECES LA “MISA DE MUERTO CON CUERPO PRESENTE”

A ESTADOS UNIDOS

Nadie de su numerosa familia, (me dice que son como 240 miembros), ha padecido esta enfermedad y su caso ha sido el único en Zapatoca y sus alrededores.

Ocho de sus hermanos residen desde hace algunos años en Estados Unidos dedicados al transporte, otro vive en Suiza donde trabaja en una fábrica de relojes, (Carlos luce ahora en su muñeca un reloj genuino que le mandó ese hermano), y una hermana ocupa un importante cargo administrativo en una clínica de Bucaramanga y simultáneamente es profesora en la Universidad Industrial de Santander.

Aprovechando la presencia de los hermanos en Estados Unidos, hace poco más de dos años “muerto parado” fue sometido a una cirugía en una clínica de Boston. Le extrajeron lo que parecía ser un tumor del cerebro y desde entonces debe ingerir 36 pastillas cada día. Se las envían sus hermanos desde el país del norte. “Me sacaron una vaina como del tamaño de un huevo de gallina”, relata, y me muestra la cicatriz que le dejó la operación.

Pero hace apenas seis meses sufrió otro ataque, permaneciendo varios días entre la vida y la muerte en una clínica de Bucaramanga. “Me tuvieron como en una cápsula conectado con tubos por todas partes”, relata él y suelta otra carcajada. Se le habían agotado las pastillas y por problemas de trámite la provisión no le había llegado a tiempo.

“DIOS ME DA MUY POQUITO”

Cuando le pregunto qué piensa de la muerte me dice : ”Yo no pienso en esa vaina. Si pensara en la muerte no podría ni dormir”, y va la carcajada.

Le indago cómo hizo para conquistar a su esposa y responde : “Yo no le dije que padecía de ese mal. Si le hubiera dicho a lo mejor no se hubiera casado conmigo. Cuando salimos de la iglesia fue que le conté pero ella ya no podía echarse para atrás”. Y vuelve la carcajada.

Y qué ha sentido en sus estados de catalepsia ?, le digo. “Nada… es como si estuviera dormido pero sin soñar nada. Al despertarme no recuerdo nada”, me responde. Es decir, ha estado totalmente ido del mundo.

Luego le pregunto qué le pide a Dios y me dice: “Le pido de todo. Pero me ha dado muy poquito”. Más carcajadas.

En ese momento de la conversación apareció el camión de la ferretería Alipra. Fueron treinta minutos de asombro matizados con carcajadas.  Carlos se fue a descargar los materiales.

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